Por Dr. Ricardo H. Gattari Benítez* La reactivación del debate en los tribunales de San Isidro ha dejado de ser un mero trámite penal para transformarse en una dolorosa autopsia social e institucional.
Lo que se ventila en las audiencias ya no es si Diego Armando Maradona era un paciente indócil, sino cómo una estructura de profesionales de la salud presuntamente montó un escenario de absoluta indiferencia ante un final que, según los peritos, era completamente evitable.
La calificación de la fiscalía sobre la internación domiciliaria en Tigre como un “teatro del horror” encuentra justificación semana tras semana. Las declaraciones de los miembros de la Junta Médica Interdisciplinaria —como los médicos legistas, cardiólogos y toxicólogos que desfilan ante el tribunal— son contundentes: Maradona agonizó durante días. El ídolo presentó edemas visibles, taquicardias y una falta de aire sistemática que fueron ignorados por el equipo comandado por el neurocirujano Leopoldo Luque y la psiquiatra Agustina Cosachov. La alarmante desatención médica no se debió a la falta de recursos económicos, sino a una alarmante negligencia organizativa donde nadie asumió un comando médico real.
El corazón de la acusación bajo la carátula de “homicidio simple con dolo eventual” radica en que los profesionales eran plenamente conscientes de que sus omisiones podían desencadenar la muerte y, aun así, continuaron con el tratamiento deficiente. Los audios e informes expuestos en la sala exponen que el entorno médico estaba más preocupado por blindarse legalmente y por disputas administrativas que por conectar un monitor cardíaco o suministrar la medicación adecuada para sus patologías crónicas.
Resulta profundamente doloroso constatar que el hombre que paralizaba al planeta con sus gambetas terminó sus días en una habitación sin los elementos básicos de emergencia, vigilado por un “doble comando” ineficiente entre la empresa de medicina prepaga y sus médicos de cabecera. Este juicio no repara la pérdida, pero es indispensable para demostrar que la impunidad corporativa y el abandono tienen consecuencias penales, incluso cuando la víctima es una leyenda que parecía inmortal.
*Abogado.
Editor:EM



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