Cecilia Giubileo tenía 39 años y era psiquiatra. El 16 de junio de 1985 entró a cumplir su guardia en la Colonia Montes de Oca, en Torres, partido de Luján, y no volvió a salir. Su auto quedó estacionado adentro del predio. Cuatro décadas después, sigue sin haber una sola respuesta.
Es la noche del domingo 16 de junio de 1985 y hace frío. Cerca de las 21:30, un Renault 6 blanco entra al predio de la Colonia Nacional Dr. Manuel A. Montes de Oca, en la localidad de Torres, partido de Luján, a unos 80 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires. Al volante va Cecilia Enriqueta Giubileo. Firma el libro de entrada y anota su número de matrícula.
Después arranca la recorrida de siempre: primero el pabellón de clínicas, después el pabellón 7 para atender a un paciente y por último la Casa de los Médicos, donde iba a descansar. En el camino se cruza con un interno, con un enfermero y con la supervisora del turno. Esa es la última vez que alguien la ve.
Quién era la doctora Giubileo
Tenía 39 años. Había estudiado medicina en la Universidad Nacional de Córdoba y se recibió en 1973. Estuvo casada, vivió un tiempo en España y volvió sola al país. Se instaló en Luján, alquiló una casa y abrió un consultorio en Torres. Trabajaba mucho, hacía taekwondo, estudiaba canto y cantaba en un coro.
La Colonia era un mundo aparte: un hospital psiquiátrico enorme, con cientos de internos, en medio del campo bonaerense. Un lugar donde entrar y salir sin que nadie lo registre era, según se supo después, bastante más fácil de lo que debería.
Nadie la buscó
El Renault 6 quedó estacionado adentro del predio. Fueron los amigos de Cecilia los que se acercaron a la comisaría de Torres. La denuncia por averiguación de paradero la hizo dos días después una amiga personal, Beatriz Ehlinger.
La institución, en cambio, no denunció nada. El director de la Colonia, Florencio Eliseo Sánchez, no dio aviso a la policía: le abrió a la doctora Giubileo un sumario administrativo por abandono de guardia. A la médica que se había esfumado dentro de su lugar de trabajo, el Estado la sancionó por faltar.
Una investigación a ciegas
En pleno 1985, con el país recién salido de la dictadura, la palabra “desaparecida” tenía un peso que excedía a cualquier expediente. El caso ocupó tapas y noticieros durante meses y se hicieron rastrillajes por todo el predio de la Colonia.
El secuestro se descartó rápido: en su casa de Luján aparecieron 3.000 dólares guardados en una caja de maicena, que eran todos sus ahorros, y nunca hubo pedido de rescate. La desorientación llegó al punto de convocar a una vidente: por un dato suyo, la policía vació el tanque de agua del complejo. Adentro había un animal muerto.
La pista más concreta apareció mucho después. Un chofer de ambulancia y un camillero declararon que esa misma noche entró a la Colonia un Ford Falcon gris que no quedó registrado y que salió de manera clandestina.
Las hipótesis que nunca cerraron
Con los años se manejaron tres líneas principales: que fue víctima de un femicidio, que la atacó un paciente durante un brote, o que la mataron porque estaba por denunciar a sus superiores. Esta última fue la que más fuerza tomó en la época, alimentada por las versiones sobre lo que pasaba puertas adentro con los internos.
Ninguna se probó. No hubo cuerpo, no hubo arma, no hubo detenidos.
Lo que quedó
Cuarenta años después, el expediente sigue sin una respuesta. Nadie fue condenado y no se sabe qué pasó esa noche entre el pabellón 7 y la Casa de los Médicos.
El caso quedó como uno de los mayores enigmas de la historia criminal argentina, y con una imagen que lo resume entero: un auto estacionado en un predio, con la dueña adentro del hospital y en ningún lado
Fuente: Ricardo Filighera / Crónica / Agencia Prensa Cívica
Editor: EM



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