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2 de octubre de 2020

Cuando secuestraron a Fangio en Cuba, le pidieron autógrafos y no sabían cómo devolverlo

(AGP).- Fue en 1958, cuando estaba por correr una carrera. Un grupo revolucionario quiso llamar la atención. Cómo lo trataron.

Si nos imaginamos una vida plena de emociones fuertes, creo que uno de los mayores exponentes deben ser los conductores de fórmula uno. Y si pensamos en un argentino enseguida viene a nuestra mente Juan Manuel Fangio. Claro que a pesar de todos los premios ganados por él, no todas las emociones intensas fueron felices, porque ser secuestrado en Cuba no debe haber sido nada divertido.

Corría el año 1958 y Fangio había llegado a La Habana para correr el Gran Prix; quería repetir la hazaña del año anterior. La última noche antes de la carrera él se hallaba en el lobby del hotel Lincoln. Charlaba acerca de su auto con Bertochi, el jefe de mecánicos de Maserati. En el mismo lugar, los argentinos y otros corredores de distintas nacionalidades conversaban relajados cuando en la puerta del hotel estacionó un Plymouth verde. Comenzaba la Operación Fangio.

El joven Manuel Uziel, vestido con chaqueta de cuero negra y una pistola escondida entre su ropa, ingresó a la recepción; al ver a Fangio, se abalanzó sobre él y le dijo: "Disculpe, Juan, me va a tener que acompañar. Está usted secuestrado por el Movimiento 26 de Julio". Fangio sonrió divertido creyendo que era una broma. Pero Uziel sacó el arma del bolsillo y se la clavó en las costillas. Algunos de los presentes se dieron cuenta de lo que sucedía. Alejandro de Tomaso, otro de los corredores, hizo un leve movimiento y Uziel apretando la pistola contra el cuerpo de Juan Manuel, gritó: "Si se vuelven a mover, haré fuego". Luego, al ver que Stirling Moss, el piloto británico, se movía de forma extraña, el muchacho volvió a explotar: "¡Otro movimiento y los mato a todos, ya mismo!"

Con la pistola en la espalda, Fangio fue obligado a salir caminando hasta la esquina, donde lo subieron al Plymouth para alejarse a gran velocidad por la calle Virtudes mientras otros partícipes, armados, los cubrían. Dentro del vehículo, uno de los captores le requirió al campeón cooperación; si los descubrían les dispararían. Fangio les pidió una gorra o unos anteojos. Pero los captores no tenían, así que Juan se tiró al piso del auto. Desde el hotel Lincoln su mánager Giambertone se comunicó con el general Miranda y le contó lo sucedido, pero del otro lado del teléfono este le respondió: ¿Lo han raptado en plato volador o en caballo blanco? El jefe de seguridad creyó que era una broma y cortó. Más tarde, movilizó a todas las fuerzas militares y policiales del país.

Cautivo

Una vez que el auto de los secuestradores pasó un control policial de rutina y cambiaron dos veces de vehículo, llevaron a Fangio a la casa de Manuel Uziel, su captor; quien le presentó a su mujer y a su hijo y le transmitió que no le harían daño. Luego lo transportaron a un piso donde había un herido al que llamaban Ramoncín. El joven tenía quemaduras graves tras un fallido intento por fabricar un lanzallamas casero.

Finalmente, a las diez de la noche Fangio fue llevado a una casa del aristocrático barrio El Nuevo Vedado, propiedad de la viuda de un revolucionario que vivía con sus hijas. Durante el último traslado no le vendaron los ojos y pudo ver perfectamente dónde estaba. En la casa el grupo se animó a pedirle autógrafos al campeón. Fangio aprovechó para comentarles que tenía hambre, no había alcanzado a cenar. La dueña de casa le preparó papas con huevos y luego lo acomodó en la mejor habitación para que durmiera. El piloto los escuchó comentar que en el chalet de al lado vivía una bailarina del Tropicana, amante de uno de los hombres de Batista. Por eso jamás se les ocurriría buscar allí.

A la mañana siguiente el revolucionario Faustino Pérez acomodó los diarios que había comprado para leer las noticias del secuestro y los puso sobre la bandeja del desayuno de Fangio. El corredor aún estaba en la cama cuando Pérez ingresó a su cuarto y se la entregó. El pequeño gesto sirvió para iniciar una breve conversación donde el hombre le explicó que con el secuestro querían ser escuchados en el mundo, querían que supieran que perseguían el progreso de los más débiles. En medio de esta conversación, que por momentos se tornaba en una de amigos, el corredor le pidió que avisaran a su familia que se encontraba bien. Pérez se encargó personalmente del pedido. Ese mediodía todos, incluido Fangio, almorzaron arroz con pollo. Luego se acomodaron en la sala para ver la carrera por televisión. Pero Fangio que había soñado con correr en la pista del Malecón, se negó y se retiró a su cuarto para escuchar música. No soporta oír el rugido de los motores y no estar allí.

En La Habana nadie sabía a ciencia cierta que pasaba con Fangio, pero la carrera estaba a punto de comenzar. En las gradas la gente se acomodaba sin siquiera sospechar el terrible desenlace que le depararía al Gran Premio de Cuba de 1958. Sin importar sus nacionalidades, alemanes, belgas o norteamericanos repetían el nombre de la jornada: "Fangio". Era vox populi que había sido secuestrado durante la noche y la noticia ya había dado vuelta al mundo para quedar reflejada en las primeras planas de los principales diarios de Londres, París, Nueva York, México y Buenos Aires.

Fuente: Clarín 

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