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1 de marzo de 2020

Tras 24 años de prisión Fabián Tablado salió en libertad

(AGP).- El 27 de mayo de 1996 Tablado asesino a su novia Carolina Aló de 113 puñaladas. El 6 de junio concedió la primer entrevista periodística a Nuevediario, Canal 9, el Dr. Edgardo Miller lo entrevisto en la Brigada de Vicente López, la nota fue tapa de casi todos los diarios del país. Mitos, verdades y creencias del último día de un detenido. Y lo que no puede dejar de hacer para no volver a la cárcel.

A las 11.42 del viernes, Fabián Tablado​ dio el primero de los mil pasos que separan a la puerta del Unidad 21 de Campana con el portón del Complejo carcelario. Lo acompañaron dos penitenciarios. Afuera lo esperaban decenas de periodistas y camarógrafos, que se le fueron al humo ni bien recuperó su libertad.

 

Fausto habla con la prensa  desde la cárcel de Ezeiza. Dice que ayer, en su pabellón, hubo "una libertad". Y ahí empezó lo de siempre. Lo que nunca, o casi nunca, suele aparecer en el televisor.

Los 79 internos de su pabellón aplaudieron al que acaba de enterarse que volverá a su casa. Además, lo felicitaron con abrazos, y golpeando a las chapas y chiflando. Luego de la ovación, el afortunado comenzó a repartir toda su ropa, zapatillas, toallas y sábanas. Regaló todo. Por varias razones: la primera, porque se supone que ese preso, afuera, va a volver a robar. Entonces, se comprará todo nuevo. La segunda es supersticiosa. Se dice que la ropa que se usó en la cárcel, afuera, genera mala suerte. Ese acto es sinónimo de regresar rápido a la cárcel. "Lo único que nos llevamos a casa son las fotos y cartas de nuestras familias", aclara Fausto, que se fue en libertad tres veces. Hoy cumple su cuarta condena.

El que está a minutos de recuperar su libertad se irá con el mejor look que pueda. Se duchará, se afeitará, se perfumará. Si la ropa con la que convivió durante la condena está vieja, o fea, otro preso le regalará un juego de prendas de mayor calidad. Eso también es indicio: los presos creen que deben salir como "ganadores", y eso es una señal de cómo les irá en libertad. El último paso antes de dejar el pabellón también tiene su costado fetiche: los presos que se quedan le darán una palmada al que se va. Eso, están convencidos, es "llamar a la libertad". Para ellos.

Los que salen de cárceles federales la tienen más fácil que los detenidos en unidades bonaerenses. En las oficinas de la dirección recibirán una parte del "peculio". Es decir, del dinero que reciben por haber trabajado durante la condena. Y les entregan un papel para mostrar en colectivos y trenes. Dice que acaban de recuperar su libertad, y que durante 24 horas pueden viajar gratis.

Ya afuera, el primer ritual es histórico en el ambiente. Como en la gran mayoría de las unidades no se permite el ingreso de botellas de Coca Cola, el ex detenido frenará en el kiosco y comprará una. En la jerga, a esa primera y única gaseosa tras recibir la libertad, se la llama "Coca chorra". El envase también es parte del mito: no puede ser lata, ni de plástico, ni grande. La verdadera "Coca chorra" es de vidrio, y de las chiquitas. De las menores a 500 ml. Algunos la acompañan con un alfajor de chocolate, para hacerla completa. "Pero yo siempre prefiero comprarme una cerveza", aclara Fausto. Otros, optan por una Cepita o cualquier líquido que no hayan podido disfrutar en el pabellón.

El segundo ritual será cortar, o quemar, y tirar la ropa que se usó al salir de la cárcel. Y lejos de la casa. En algún tacho a kilómetros del lugar en el que vivirá la persona. Todo para lo mismo: no "llamar" a la cárcel. Tenerla bien lejos. Fausto, que es colombiano, dice que los ex detenidos de su nacionalidad, al salir de la cárcel, se duchan en orín y jugo de limón (del cuello hacia abajo). Eso implica "quitarse a la cárcel". Otra creencia para no volver está en las paredes. Se dice que el preso que escribe su nombre en las paredes de los baños, celdas o pabellones, va a regresar rápido a la prisión.  

"Volvés al barrio y tus amigos y compañeros te regalan todo", cuenta Julián, otro ex detenido, de la zona norte del conurbano Bonaerense, que pagó tres condenas por robos. Lo que quiere decir es que, como todos saben que salió y no tiene ropa ni dinero, le regalan prendas, dinero y lo invitan a comer. Están los que le entregan una pistola y le proponen salir a robar con ellos esa misma noche. O los que "colaboran" con un kilo de marihuana o algunos gramos de cocaína, para que los venda y recaude algo de efectivo para moverse durante los primeros días en libertad.

Julián está a pocas materias de recibirse de Sociólogo. Estudió en la Unidad 48 de San Martín. Y con su mirada sociológica, explica: "Ahí están en juego los valores de los sectores populares que se dedican a la delincuencia. El hecho de que te regalen una pistola o droga para vender implica una demostración de cariño. Ellos creen que te están ayudando". Siempre en esa teoría académica, sostiene que en el ambiente delincuencial de los sectores bajos, el acto de salir a delinquir en las primeras horas de libertad representa prestigio y respeto. 

Los delincuentes más profesionales tienen otra lógica. Recién liberados, prefieren alejarse del delito por tres o cuatro meses. Es el tiempo que se toman para disfrutar de sus familias y vivir tranquilos. Luego de eso retomarán su actividad. Los grupos con esas condiciones delincuenciales intentan esquivar a ex detenidos que acaban de recuperar su libertad. No les proponen sumarse a sus bandas tan rápido, ya que entienden que aún tienen "a la cárcel en sus cuerpos" y eso los podría hacer caer.    

Los ex detenidos evitan pasar por prisiones o visitar a compañeros o familiares. Están los que lo hacen pero la menor cantidad de veces posible. Entran y se van en el primer corte de visitas (durante las visitas carcelarias el Servicio Penitenciario ofrece distintos horarios para salir). Lo que sí hacen es enviarles recargas telefónicas y bolsones de alimentos. Es una especie de "obligación" moral para con sus compañeros, en el caso de que hayan vuelto a los robos. 

Germán, otro ex detenido que hoy trabaja de abogado considera que la alegría de salir a la cárcel solo se compara con el nacimiento de un hijo. "No hay felicidad que se iguale a eso. Volvés a disponer de tu tiempo, de tu vida", dice. Fausto, el colombiano que se encuentra en Ezeiza, cuenta que la verdadera felicidad llega a la hora de compartir una cena en familia y volver a dormir en una cama. Aunque aclara que hay algo de la cárcel en sí que lo acompaña durante los primeros días: "Uno se siente muy perseguido. Como que cree que alguien lo está vigilando. Y además uno continúa acostumbrado a las miradas de la cárcel. Cree que el que te mira afuera te está desafiando, como en la cárcel".

"La cárcel te formatea. Entrás y tu identidad se destruye. El encierro te impone su propia identidad; no sos vos. Te fija otra personalidad. Vivís bajo una personalidad violenta y afuera podés seguir viviendo bajo esa conducta. No es fácil no replicar esa violencia afuera", explica Julián, en referencia a la situación planteada por Fausto. Y sigue, aunque en términos más personales: "La primera vez que me fui de la cárcel salí agresivo. Quería robar más, pegarle un tiro a cualquiera que me mirara. Yo sentía que todos me miraban mal. Antes de la cárcel yo era delincuente. El encierro me había transformado en un monstruo".

En lo que son los mitos y hábitos de la libertad hay una figura muy conocida. Más de la que uno se podría imaginar. Y es la de, en la jerga carcelaria, "el corta libertad". Se trata del preso que invita a pelear al que está por irse en libertad. O que está a minutos de empezar a gozar de una salida transitoria de 24 horas. La envidia, o la bronca hacia ese detenido, lo lleva a invitarlo a pelear, para que su rival sea sancionado y se pierda el beneficio. Por esa razón, muchos internos prefieren cambiarse a un pabellón de conducta para pasar sus últimos meses detenido.

En esas situaciones, muchas veces, salta el compañero de causa o de "rancho" del que se está por ir. "Yo voy a pelear por él", grita. "Porque está a punto de irse y no es justo que le arruines el beneficio". O el grupo del que está salir invita a pelear al grupo del "corta libertad".

Y así como hay presos que hasta llegan a llorar al enterarse de que se irán, hay otros que se ponen mal. Son los que, según la teoría sociológica de Julián, "se acostumbraron al ritmo de la calle". "Saben que si salen, afuera no tienen nada. En cambio, adentro tienen techo, comida y el Servicio Penitenciario les da los mejores trabajos, porque no son conflictivos", detalla. El futuro dirá si Tablado, luego de pasar 24 años preso, se acostumbrará o no a la libertad.

Fuente: Clarin.com  * Por Nahuel Gallotta

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