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1 de julio de 2012

Litto Nebbia: "Cualquiera que me grabe una canción es un halago"

El músico más prolífico del rock nacional acaba de ser homenajeado con Sinfonías para catedrales vivas, un tributo a la altura de su leyenda: disco triple, 64 canciones y la participación de 200 artistas, entre consagrados y debutantes. La presentación en Buenos Aires fue en La Perla del Once. “Cualquiera que me grabe una canción es un halago”, dijo.

 

“¿Cómo se siente que te hagan un homenaje estando vivo?”, le preguntó a Litto Nebbia una joven periodista durante el lanzamiento de Sinfonías para catedrales vivas en Mar del Plata (ciudad de Fabián Spampinato, productor del disco, y de muchos de los músicos que participan). “Y…muerto no sé”, fue la respuesta del líder histórico de Los Gatos que, además de sincera, produjo más efecto por esa habilidad que tiene de ser ocurrente casi sin inmutarse. La anécdota fue recordada durante la segunda presentación del disco, en Buenos Aires, y volvió a generar un eco de risas entre el público. 


El escenario fue el del bar La Perla. Ese lugar donde a mediados de los ‘60 “se armaba una cosa muy caliente” (a decir de Pipo Lernoud, habitué de esas trasnoches en las que Nebbia, Tanguito, Moris o Javier Martínez se sentaban a la misma mesa), el lugar del baño donde nació La balsa (y el rock argentino) y al que todos iban con sus cuadernitos y sus guitarras para mostrarse lo que estaban componiendo. Cuarenta y cinco años después, pocos registros quedan de esa época (salvo algunas fotos y placas). Y nada de su aura. La Perla hoy es un pizza-café con mobiliario, menú y ambiente genérico, como tantos de Buenos Aires. Antes de que comenzara el evento que lo tenía por protagonista, Nebbia accedió de buena gana –no había cita previa- a charlar 12 minutos exactos.
 

-¿Cuál fue tu participación en Sinfonías para catedrales vivas? ¿Tuviste algo que ver con la selección de artistas y temas?
-No, fue una sorpresa que Fabián hizo para mí. Antes él había producido discos homenajes para Spinetta y León Gieco y luego empezó a armar este. Si bien estoy en la nueva versión de “La balsa” (junto a Ricardo Soulé, Ciro Fogliatta y el guitarrista de Paul McCartney, Brian Ray) y cedí un tema inédito mío, no tuve ninguna otra injerencia. Fabián me dijo “cuando lo termine, lo escuchás”. Y fue mejor así.
 

-¿Cómo fue esa primera escucha?
-Me gustó, para empezar, porque no eligieron los temas más famosos, los más populares. Hay de todas las épocas, canciones que escribí a los 16 años, a los 30, otras que escribí hace un año. Además hay algunas de los ‘70 muy difíciles de sacar –con muchas armonías, complicaciones y arreglos– y, sin embargo, los tipos lo hicieron. Un grupo de Mar del Plata interpretó “La caída”, que es un quilombo. También está “Nino y la invitada”en versión instrumental, por un guitarrista marplatense bárbaro, Jorge Armani. Cualquiera que me grabe una canción, es un halago.
 

-También participás en homenajes y discos…
-Sí, desde chico vivo la música de esa manera, tengo esa educación. Ayer acepté cantar un tema para un rosarino al que no conozco personalmente, ni siquiera sabía cómo era la canción. La música uno la tiene que vivir, compartir y darla y si uno tiene la facilidad para componer, tocar y meterse en distintos géneros, no lo tiene que esconder. Hay otros artistas que creen que hay que cuidarse y mantener una privacidad, yo no soy así. Acabo de colaborar también en un homenaje al poeta Armando Tejada Gómez. Siempre estoy en alguna cosa.
 

-¿Tiene alguna desventaja ser tan prolífico?
-Tengo más de 1.200 canciones. Para mí es un placer personal y lo hago sin ningún prejuicio ni control porque es mi forma de expresión, no por ganar ningún campeonato. Pero es imposible, ni siquiera para los que te siguen, conocer todo. Imaginate que este año, entre algunas reediciones y alguna cosa nueva, voy a sacar 10 discos. ¡Y después dicen que ya no se hacen más discos! Vivo el tema de la música, así como es la vida. Como me imagino que un escritor escribe todos los días. Yo me levanto y me voy a tocar el piano.
 

-¿Te molesta que el público sea más nostálgico que vos?, ¿que pidan canciones de cuando eran jóvenes?
-Está bien que eso suceda. A veces se me acerca una pareja y me dice “nos conocimos con una canción tuya y nos casamos”. Otras, un flaco: “el día que me divorcié escuché esta canción tuya y me sentí bien”. Hay canciones para los que se divorcian, para los que se casan. Canciones para todos. Si das en la clave, esa persona no se la olvida más. Porque ya no es el gusto de un hit, es algo que va más allá. Lo mismo pasa con muchas canciones del rock argentino de la primera época: están registradas sensiblemente en las generaciones. Pueden ser muy sencillas comparadas con algunas que hago hoy, pero a la vez son muy puras, por eso resisten el paso del tiempo.
 

-¿Desde qué lugar cantás hoy “La balsa” sabiendo que muchos la consideran la mejor canción del rock argentino?
-Tengo una manera de tocar en la que improviso mucho, mezclo rítmicas, armonías, cosas que se me van ocurriendo y que tienen que ver con otros géneros. Entonces a veces toco canciones viejas, y se arma una batahola que es una recreación. Estoy usando la letra y la melodía, pero es una versión única de esa noche que estoy tocando. Es como si la canción también supiera: “Uy, qué bárbaro, hoy me van a tocar distinto”. No lo reproduzco como si fuera una foto. Ahora sí, indudablemente, la gente que me la pide sí la tiene grabado en su memoria emotiva como una foto porque está relacionada con algo que le pasó. Hace poco hice una versión de “La balsa” que duró como media hora. Pero toqué de todo, bossa nova, un tema de Jobim en el medio.
 

-En una época la dejaste de cantar en vivo, ¿por qué volviste a hacerlo?
-Desde los 25 años en adelante no quería cantar ninguna canción anterior porque sentía que ponía un kiosco. Porque acá hay una onda artística de gente que hasta el día de su muerte sigue cantando lo mismo con lo que tuvo éxito a los 27. Yo no soy así, soy un músico, ando siempre investigando, buscando otras cosas. Y entonces se me ocurrió una cosa que fue muy rígida, claro: “acá van a escuchar nueva música”. Eso me trajo algunos problemas, gente a que no le caía bien. Pero también otros seguidores que me estiman mucho por eso, por la firmeza con la que me manejé. Después de que hice una cantidad de cosas diferentes, que toqué con orquesta, con música de cámara, que hice música de películas y me metí en una cantidad de quilombos musicales más allá de lo que era mi comienzo, me sentí tranquilo. No tengo que demostrar nada, ni a mí ni a nadie. Puedo cantar “La balsa”, “La bamba”, “Cambalache”, la canción con la que me sienta cómodo y no me voy a atar. Y eso es lo que hago desde hace algunos años.

Fuente: Clarín / Por Cecilia Boullosa / Revista Ñ /

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