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ESPECTáCULOS

8 de marzo de 2012

Debutó Rogers Waters, conmovedor!

Roger Waters dio el primero de sus nueve shows en River ante 40 mil personas. Durante dos horas y media conmovió con un espectáculo contundente y único. Le dedicó la presentación a “la memoria de los desaparecidos, muertos y torturados” durante la última dictadura.

Estamos en el Monumental y no estamos. Es Buenos Aires y no lo es, al mismo tiempo. Tiene todo el aspecto de un show musical masivo, pero podemos llegar a jurar que no, que en realidad nos hallamos en otro espacio, en un sueño o una pesadilla. La de Roger Waters; aquella que concibió hace más de tres décadas y que aún (o mejor dicho, acompañado del paso tiempo) logra decirnos una y mil cosas. The Wall Live es todo un desafío para ser narrado en unas pocas líneas.

Quizás una o algunas imágenes puedan resultarnos útiles para explicar porqué por momentos pareciera que en lugar de Núñez, nos encontramos en medio del filme de Alan Parker de 1982. Es ese muro inmenso, que cruza la cancha y conecta las plateas Belgrano y Centenario, el receptáculo de un bombardeo de imágenes que se sucederá por dos horas y media, siempre con un concepto por detrás, nada es casual, hay una intencionalidad en todo.

Es esa pared de 150 metros la que comienza a mutar en el inicio del show, acompañado por la puesta en escena del símbolo del martillo con reminiscencias fascistas, esas mismas que para Waters acompañan las grandes presentaciones rockeras en este tipo de estadios. La pirotecnia apabullante y ese avión que cruza la cancha para estrellarse contra el muro nos alertan de que lo que estamos por presenciar será inolvidable. Ya pasó In the Flesh? y a partir de ahora el viaje a través de una de las obras conceptuales más grandes de la historia del rock (sino la más) ha comenzado.

Habrá que agradecerle a aquel ilustre desconocido a quien escupió Waters en esa ya famosa presentación de 1977, en Canadá, cuando según contó surgió la idea de la pared que dividiera al público de los músicos. Ese fue el puntapié para que el bajista le diera rienda suelta a su creatividad y expresara esa angustia transformada en soledad generada por otros múltiples factores como la masividad y la fama. De allí nace esa obra que aún transmite un mensaje que logró que se pactaran nueve presentaciones en el Monumental, para firmar un récord.

Por supuesto, no se explica sólo desde esa concepción original (ni en las relecturas que se pueden hacer de la obra desde el presente) la cantidad de público que asistirá a los mismos. Es indudable, y se percibe por momentos de manera muy latente, que este show ha sido otro de los elementos que tomó la maquinaria del consumo para poder reproducirse. Esa tensión estuvo y estará viva en cada uno de los shows del inglés. Y es que, más allá de la emoción, la reflexión ese bombardeo de estímulos que debiera despertarnos como sujeto activo difícilmente tenga alguna traducción en actos al día siguiente. Cabría preguntarse si eso mismo no le cabe a Waters.

Es esa teatralización que nos propone The Wall Live (dotada y casi por momentos dirigida por el elemento visual que aporta el gran muro) la que genera un espectador pasivo, no indolente, pero que parece acercarse a esa visión que hasta el propio músico rechazaba hace más de tres décadas. Porque uno se mantiene expectante y en esa andanada audiovisual hay tantos mensajes que parecen fugarse.

Sí hubo momentos (pocos) en los cuales se estableció un vínculo más directo, en el cual debía darse un ida y vuelta. Además del saludo formal (momento en que Waters aprovechó para, en español, dedicarles la presentación a la “memoria de todos los desaparecidos, muertos y torturados”), que se dio después de la segunda parte de “Another Brick in the Wall”, otro de esos instantes se dio en “Mother”.

El cantante pregunta si “debemos confiar en el gobierno”. La pantalla responde “Ni cagando”. Así como en Chile fue acompañado por un gran “noooooo”, más algunos abucheos, aquí la respuesta fue menos efusiva y contundente. Es lógico, y marca las diferenciad del termómetro en ambos casos, ya que el gobierno nacional de Cristina Kirchener fue reelecto hace poco menos de medio año con cifras contundentes y en el caso de Piñera su popularidad ha bajado de manera drástica.

De todas maneras, no es ilógico imaginar que en una primera instancia entre esta obra híper conceptual –ante la cual cada quien puede hacerle una relectura desde el hoy- pueda escurrírsele al espectador. Tomemos en cuenta que hasta el intervalo nos baja línea con las fotos de diferentes caídos en guerras, atentados o situaciones militares o bélicas. Así, puede aparecer Sergio Vieira de Melo (un brasilero que murió en Afghanistán en el 2004), Mahatma Gandhi o el propio Salvador Allende. The Wall no nos da descanso.

Ese intervalo, que nos sirve para repensar un poco todo eso que hemos visto, y para que se pase la piel de gallina, también nos deja ver cómo el muro fue construido en esa primera parte. Retornará el show con “Hey You” y nadie estará en escena; el sueño del viejo “jodido Roger” (o de Pink) está realizado. La puesta en escena continúa cuando Waters canta viendo imágenes de televisión salido del muro en “Is there Anybody Out There”.  

Sin dudas, uno de los picos en el marco emocional fue con uno de los grandes clásicos: “Comfortably Numb”, aquel que dio lugar a que Gilmour se presentara el año pasado en Londres junto con Waters. El calor se mantuvo y la vuelta de “In the Flesh” generó un clima que era el anticipo del final. Luego del juicio (The Trial) se derriba el muro, y el show parece terminar, aunque fuera del mismo. Ese en ese espacio, el único artesanal –por algo está “Outside the Wall”- Waters toma el clarinete y va presentando uno por uno a sus músicos.   

Tranquilo y manso, Waters se va. Algunos (insólitamente, o no entendiendo nada de lo que pasó) se quedan pidiendo bises. La mayoría parte impactada, pensando, lejos de la algarabía. Es que ese bombardeo, que mezcla aspectos anticapitalistas, anti totalitarios, pacifistas, de profunda soledad y desolación, es capaz de generar multiplicidad de reflexiones. Además, de una profunda emoción.

Fuente: Clarín / Por Diego Huerta

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