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INTERNACIONALES

16 de enero de 2012

La odisea de la jueza que se tiró al mar para salvarse

María Inés Lona (72) iba en el crucero que naufragó en Italia. Sus hijas, una discapacitada, lograron subir a un bote, pero ella no. En plena noche, saltó y nadó hasta la orilla. “No soy una heroína”, dijo a Clarín.

No soy una heroína”, aseguró ayer a Clarín María Inés Lona de Avalos, una viuda mendocina de 72 años muy bien llevados, jueza penal de menores, que casi a la medianoche del viernes pasado se tiró al mar desde el cuarto puente del crucero Costa Concordia, que estaba naufragando, y nadó unos 200 metros hasta la costa de la isla del Giglio. María Inés es la argentina que vivió la aventura más extraordinaria de las ya extraordinarias peripecias que protagonizaron los 18 argentinos que viajaban a bordo del más grande transatlántico italiano, y que salieron todos ilesos aunque con machucones varios, de lo que pudo ser un desastre mucho peor.

En el hotel Hilton del aeropuerto de Fiumicino en Roma, la jueza se preparaba ayer por la tarde para abordar el avión de Alitalia que partió anoche rumbo a Buenos Aires. Con María Inés viajan las dos hijas abogadas que con ella habían contratado una suite en el puente 11, el más alto de todos, y que llegaron a tierra a bordo de una chalupa. Las tres contaron su aventura a Clarín : la que les permitió salvar la vida y salir indemnes.

Las hijas se llaman María Silvina (41) y María Valeria (36). La mayor está obligada a caminar con un andador o sentada en la silla de ruedas a raíz de un accidente de tránsito, una complicación que aumentó mucho las dificultades en la emergencia .

La señora de Avalos había bajado con sus hijas de la suite y las perdió en el camino a los botes, que estaban en el puente 4. Había que descender siete pisos. María Silvina pidió por teléfono que alguien la ayudara a bajar porque el andador metálico ya no servía. Al rato llegó un tripulante indio que llevaba puesto un chaleco salvavidas anaranjado. “Esto nos dio la idea exacta de que estábamos naufragando”, dijo María Inés. El indio se sacó el chaleco “y me lo dio”. Luego agarró a María Silvina y “quedé colgando de su hombro derecho”, contó ella. Pudieron bajar hasta el puente 4 mientras el crucero se seguía inclinando. María Valeria explicó que “en el gran caos, mamá se quedó atrás”. “El indio me dejó en el suelo frente a la chalupa 4 y se fue”, dijo María Silvina. Mamá no llegaba y las dos fueron ayudadas a subir al bote en medio de empujones, puñetazos y griteríos de los pasajeros desesperados que buscaban salvarse.

Mientras tanto María Inés, que había perdido el contacto con sus hijas, trataba de subir a un bote. “‘Aquí ya esta lleno’, me decían. Lo mismo en el siguiente. Y en el otro. Creo que había lugar pero los que estaban adentro gritaban al tripulante que estaba a cargo (eran casi todos asiáticos), que bajara de una vez”, recordó. “Al final me senté en el pasillo, en medio del caos. Miré el reloj y eran las 23.30. Hacía dos horas que había comenzado el naufragio. Con otros pasajeros que tampoco lograban subir a los botes fuimos caminando hasta la popa, que era el lugar más vecino a la escollera de la costa”.

La jueza tomó la determinación de lanzarse. “Sentía que el barco crujía y ya estábamos medio colgados en el flanco derecho. No me saqué los zapatos porque sabía que el camino era de piedras y me hubiera destrozado los pies. Tampoco me quité el tapado y tenía puesto el chaleco salvavidas. Cuando joven era una buena nadadora. El problema es que al lanzarme podía caer sobre un escollo y hubiera sido el fin”. Un español la decidió más aún. “No hay otro remedio. ¡Vamos!”, grito el hispano, que se lanzó primero y no volvió a ver, pero que vio llegar a tierra delante de ella.

“Me tiré de pie. El agua estaba a buena temperatura. Se veía poco. Me puse a nadar, pero cada 15 metros paraba y miraba para atrás. Sentía los crujidos del barco y tenía miedo que me cayera encima si naufragaba completamente. Nadé unos pocos minutos y llegué a la isla. Más tarde encontré a mis hijas en el pueblo”.

Desde la isla del Giglio, las tres mendocinas fueron llevadas a puerto Santo Stefano en la península del monte Argentario y de allí al hotel Hilton de Fiumicino. Los 18 argentinos fueron distribuidos también en otros dos hoteles de la zona del aeropuerto y en el hotel Mediterráneo de Civitavecchia.

El sábado por la noche María Inés y sus hijas recibieron los documentos de viaje que les entregó el consulado argentino en Roma y ayer salieron a comprar ropa. Silvina pudo abandonar la silla de ruedas al comprar otro andador.

“Tengo otra hija que está con el marido y mis dos nietas de vacaciones en Colombia y que ya sabe que estamos bien”, contó la jueza, que se toma con buen humor lo ocurrido “porque salimos vivas”, aunque perdieron todo lo que tenían y el viaje de ensueño que prometía el crucero de Costa Concordia por el Mediterráneo. “Ahora pensamos sobre todo en el viaje a Buenos Aires y el regreso a Mendoza”. Ya están en el aire.

Fuente: Corresponsal Roma, Clarín, Julio Algañaraz

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